ARTÍCULOS DE LOS ACADÉMICOS

Un futuro aterrador

Borja Beneyto

18/03/2016

De un tiempo a esta parte, mi pesimismo en torno al futuro del producto y por tanto, de lo culinario, de la alimentación y de la gastronomía tal y como la conocemos, se ha acrecentado en gran medida. Por un lado tenemos los masivos esquilmados de materias primas en tierra y mar. Por otro, los terribles resultados de la intervención humana en el proceso natural del mundo vegetal y animal. Pero las consecuencias en el futuro son exponencialmente pavorosas y desmoralizantes.

Efectos en tierra y mar
Los efectos de estas actuaciones no sólo afectan a los productos considerados de lujo como las ostras, el atún, las angulas o la chuleta de buey. Todos somos conscientes de que cada día es más complicado encontrar, por ejemplo, un buen tomate, un huevo de gallina, unos guisantes, unas lentejas, un mejillón o un correcto corte de presa de cerdo ibérico, constituyéndose éstos alimentos antes comunes en los nuevos lujos de la gastronomía.
Hace tan sólo cincuenta años se consumían anualmente en el mundo veinticinco millones de toneladas de pescado y marisco. Hoy esta cifra se ha multiplicado por ocho, siendo una tercera parte procedente de la acuicultura. Y decenas de especies desaparecen anualmente por culpa de la contaminación del agua o a causa del sistemático exterminio llevado a cabo por el hombre.
En el ámbito de los vegetales la situación no es menos desastrosa. Conocemos tan sólo un cinco por ciento de las hortalizas que existían hace un siglo. La causa principal ha sido la invasión celular desarrollada por compañías como Novartis, Monsanto o Dupont y que comenzó con la denominada Revolución verde hace cinco décadas. El resultado no es otro que la aparición de enfermedades nunca antes conocidas, la propagación de una alarmante uniformidad genética de las especies y la aniquilación perpetua de materias que han convivido durante miles de años con el hombre. Mientras los líderes europeos bajan la guardia, los investigadores anglosajones aceleran los proyectos Genoma con cientos de hortalizas, plantas y animales por todo el planeta.

Desequilibrios y sostenibilidad
La pésima gestión de los territorios y la pérdida de la soberanía alimentaria por parte de agricultores, pastores, campesinos y granjeros de todo el mundo está a la orden del día, como vemos en casos como el de Daewoo Logistics en Madagascar, donde la multinacional coreana quiso explotar de forma intensiva grandes extensiones del norte del país africano durante los próximos cien años sin ofrecer garantía alguna de preservar el entorno.
Según Joel K. Bourne (National geographic), entre 2005 y el verano de 2008 los precios de maíz y trigo se triplicaron a nivel global. El coste del arroz se multiplicó por cinco, lo que provocó disturbios en una veintena de países. Entre 1993 y 2005 el consumo de cerdo en China aumentó un 45%. Aun siendo segundo productor del mundo de maíz, el gigante asiático no es capaz de producir el suficiente grano para alimentar a esos animales. El actual mapa de distribución y planificación de los recursos alimentarios mundiales es disparatado: Mientras unos países dependen totalmente de las importaciones, otros acaparan las producciones de alimentos básicos por mera especulación inflacionista, ya sea para consumo alimentario o para la producción –generalmente subvencionada- de energías alternativas. Por no hablar del atrabiliario genocidio de guante blanco que supone la especulación en torno a los alimentos básicos, un producto financiero legal que puede llevar a un broker de Manhattan a matar de forma inconsciente y a golpe de clic, a miles de personas al otro lado del globo.
El crecimiento de los países emergentes y el escandaloso incremento del consumo de todo tipo de productos vegetales y animales han conseguido que la media recorrida por los alimentos que degustamos esté entre los 1.500 y 3.000 Kms., dependiendo del país donde nos encontremos, cuando no hace mucho nuestra dieta se basaba en alimentos del entorno más próximo.

¿Es posible la recuperación?
Nunca el hombre había experimentado un fraude tan sistemático y de tal envergadura del completo espectro alimentario; un círculo vicioso atroz alimentado desde los productores a los restaurantes, pasando por los distribuidores e intermediarios de toda índole. Si tampoco existe una concienciación medioambiental que nos permita rechazar las atrocidades que cometemos contra los ecosistemas de nuestros alimentos, ¿cómo vamos a rechazar que por cada Big Mac consumido en el mundo se emitan 2,2 kilos de CO2 a la atmósfera?
Paradójicamente, mientras se acrecienta el interés por los estilos de vida alrededor de la gastronomía, para una gran parte de los humanos el interés por la agricultura, la alimentación de la Tierra, la cultura entorno a la culinaria, sus orígenes y posibilidades desaparece cada año. Poco o nada nos importa lo que son los fertilizantes químicos nitrogenados, los antibióticos introducidos en piensos y cadenas genéticas, la escherichia coli o la campylobacter, la invasión genética y celular de los vegetales y animales, y mucho menos lo que es el Belgian blue, el glisofato o el Round Up, elementos que están deteriorando de forma masiva la alimentación de las generaciones futuras. No creo que la ciencia pueda arreglar ya lo que bajo mi punto de vista constituirá la base de la próxima crisis global. La solución está en la propia naturaleza, siempre que el hombre se lo permita. Aunque algo me dice que ya es demasiado tarde.


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